Ando muy desencaminado en mis suposiciones, pero tendré que esperar una hora entera antes de comprender por qué me ha llevado hasta allí.

Por fin amanece. A la luz del alba se dibuja ante nosotros la muralla de un gigantesco monasterio, casi una ciudad fortificada.

– Garther -murmura mi cómplice, pronunciando esta palabra por segunda vez.

Una noche le regalé el nombre de una estrella suspendida en el cielo que dominaba la llanura, y una mañana, el nómada me devolvía el regalo, nombrando el lugar que yo esperaba descubrir más que ningún otro astro en la inmensidad del universo.

Mi compañero de viaje me indica con un gesto que sobre todo no debo moverme, parece aterrorizarlo que puedan descubrirnos. No veo razón alguna para preocuparse tanto, el templo está a más de cien metros. Pero a medida que mis ojos se van acostumbrando a la penumbra alcanzo a distinguir, en las murallas del monasterio, las siluetas de hombres vestidos con túnicas que recorren un camino de ronda.

¿Qué peligro acecharán? ¿Será que tratan de protegerse de una escuadra china que pueda venir a acosarlos hasta un lugar tan aislado como este monasterio? No soy su enemigo. Si por mí fuera, me levantaría ahora mismo y correría hacia ellos. Pero mi guía apoya la mano en mi brazo y me retiene con fuerza.

Acaban de abrirse las puertas del monasterio, una columna de monjes obreros enfila el camino que baja hacia los campos de frutales, situados al este. Las pesadas puertas vuelven a cerrarse tras ellos.

El nómada se incorpora de pronto y se repliega hacia el sotobosque. Al amparo de los grandes olmos, me devuelve mi equipaje, y entonces comprendo que es una despedida. Tomo sus manos y las estrecho entre las mías. Este gesto de afecto le hace sonreír, me mira a los ojos un momento, se vuelve y se aleja.

Nunca he conocido soledad más total que en esas altas llanuras, cuando, al bajar del autocar de Chengdu, caminaba, huyendo de la noche y del frío. Basta a veces una mirada, una presencia, un gesto, para que nazca la amistad, sin importar las diferencias que nos coartan y nos asustan; basta una mano tendida para que perdure la memoria de un rostro que el tiempo nunca borrará. En los últimos instantes de mi vida, quiero volver a ver, intacto, el rostro del nómada tibetano y el de su hija, la niña de las mejillas rojas como manzanas.



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