Avanzo siguiendo el lindero del bosque, a distancia prudente de la hilera de monjes obreros que se dirigen hacia el vallejo. Desde donde me sitúo, puedo espiarlos fácilmente y cuento al menos sesenta monjes. Como la víspera, empiezan por desvestirse y bañarse en las aguas claras antes de ponerse a trabajar.

Así transcurre la mañana. Cuando el sol está alto en el cielo, siento que el frío se apodera de mí, y esa terrible humedad me empapa la espalda. Me tiembla todo el cuerpo. Rebusco entre mi equipaje y descubro una bolsa con carne ahumada, regalo de mi amigo nómada. Me como la mitad y la otra mitad la guardo para la noche. Cuando se marchen los monjes, correré a calmar mi sed en el río; mientras tanto, tendré que aguantarme, y eso que la sensación de sequedad en la garganta ha empeorado por la sal de la carne.

¿Por qué este viaje exacerba todas mis sensaciones: hambre, frío, calor, cansancio extremo? Achaco todos mis males a la altura. Ocupo el resto de la tarde en buscar la manera de entrar en el monasterio. Se me ocurren las ideas más disparatadas, ¿estaré perdiendo la razón?

A las seis, los monjes dejan de trabajar y emprenden el camino de regreso. En cuanto desaparecen tras la cresta de un cerro, abandono mi escondite y corro a campo traviesa. Me zambullo en el río y bebo hasta aplacar mi sed.

De vuelta en la orilla, pienso bien dónde pasar la noche.

Dormir en el sotobosque no me tienta en absoluto. Volver hacia la llanura, con mis amigos nómadas, sería como admitir mi fracaso y, peor aún, abusar de su hospitalidad. Alimentarme dos noches seguidas ha debido de suponer ya un gran esfuerzo para ellos.



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