Por fin descubro un hueco en la pared rocosa del cerro. Allí excavaré mi madriguera; bien acurrucado bajo la tierra y tapándome con mi equipaje, debería poder sobrevivir a la noche. Mientras aguardo a que oscurezca del todo, termino lo que me queda de carne y espero la aparición de la primera estrella, como se espera la venida de una amiga que te ayudará a ahuyentar toda sensación de desánimo.

Llega la noche. Estremecido por el enésimo escalofrío, me quedo dormido.

¿Cuánto tiempo ha pasado hasta que me despierta un sonido ahogado? Algo se acerca a mí. Tengo que resistir el miedo; si un animal salvaje caza por estos parajes, no pienso ser su presa; tengo más oportunidades de escapar si sigo escondido en mi agujero que si me pongo a correr de un lado a otro en la oscuridad. Una idea muy sensata, pero resulta difícil ponerla en práctica cuando el corazón te late a mil por hora. ¿De qué depredador se tratará? ¿Y qué pinto yo aquí, acurrucado en este agujero en la tierra, a miles de kilómetros de mi casa? ¿Qué pinto yo aquí, con la cabeza mugrienta, los dedos congelados y la nariz llena de mocos? ¿Qué pinto yo aquí perdido en tierra extranjera, corriendo detrás del fantasma de una mujer de la que estoy enamorado hasta la médula cuando no hace ni seis meses no era nada en mi vida? Quiero volver con Erwan, a mi meseta de Atacama, quiero volver al calor de mi hogar, a las calles de Londres, quiero estar en otra parte, no quiero que un maldito lobo me haga trizas las entrañas. No debo moverme, ni temblar, ni respirar, tengo que cerrar los párpados para evitar que la luna se refleje en el blanco de mis ojos. Ideas todas estas muy sensatas, pero resulta imposible ponerlas en práctica cuando el miedo te agarra por el cuello y te sacude con violencia. Me siento como si tuviera doce años, indefenso e inseguro. Distingo una antorcha, entonces tal vez no sea más que un merodeador que quiere mis escasas posesiones. Pero ¿qué me impide defenderme?



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