
Tengo que salir de este agujero, abandonar la noche y afrontar el peligro. No he recorrido todo este camino para dejarme desvalijar por un ladrón o para que me hagan pedazos como una vulgar presa.
He abierto los ojos.
La antorcha avanza en dirección al río. El que la sostiene sabe perfectamente dónde va; sus pasos seguros no temen ninguna trampa, ningún bache. Ahora la llama está plantada en la tierra húmeda de una zanja. Dos sombras aparecen a la luz de la antorcha. Una algo más menuda que la otra, dos cuerpos cuyas siluetas parecen las de dos adolescentes. Uno se queda inmóvil, el otro llega hasta la orilla, se quita la túnica y entra en el agua fría. El miedo deja paso a la esperanza. Estos dos monjes tal vez se hayan saltado las normas para venir a bañarse al amparo de la noche, estos dos ladrones de tiempo quizá sepan ayudarme a franquear las murallas de la ciudad fortificada. Repto entre la hierba, acercándome al río y, de pronto, me quedo sin respiración.
De ese cuerpo grácil no hay forma que me sea desconocida. El trazo de las piernas, la redondez de las nalgas, la curva de la espalda, el vientre, los hombros, la nuca y ese porte de cabeza algo altanero.
Estás aquí, bañándote desnuda en un río semejante a aquel en el que te vi morir. Tu cuerpo, iluminado por el claro de luna, es como una aparición, te habría reconocido entre otras mil. Estás aquí, a tan sólo unos metros, pero ¿cómo acercarme a ti? ¿Cómo presentarme ante ti en el estado en el que me encuentro sin asustarte, sin que grites y des la alerta? El río te llega hasta las caderas, tus manos sacan agua para bañar con ella tu rostro. A mi vez avanzo hacia el río, a mi vez me enjuago la cara con su agua clara para limpiarme la tierra.
El monje que te acompaña no hace nada por impedírmelo, puesto que está de espaldas a ti. Permanece a una distancia prudente, quizá tema fijar la mirada en tu desnudez. El corazón me late desbocado en el pecho, veo borroso, pero sigo acercándome a ti. Tú vuelves hacia la orilla, caminas directa hacia mí. Cuando tus ojos se cruzan con los míos, interrumpes el paso, tu cabeza se inclina hacia un lado, me escudriñas, pasas delante de mí y prosigues tu camino, como si yo no existiera.
