Tu mirada era ausente, peor aún, no era tu mirada lo que he visto en tus ojos. Te has puesto la túnica, en silencio, como si de tu garganta no pudiera salir palabra alguna, y has vuelto hacia aquel que te ha escoltado hasta aquí. Tu compañero ha cogido la antorcha y habéis subido el sendero. Os he seguido sin que pudierais sospechar mi presencia; tan sólo una vez quizá, cuando un guijarro ha rodado bajo mi pie, el monje se ha dado la vuelta, pero habéis seguido caminando. Al llegar delante del monasterio, habéis bordeado la muralla y dejado atrás las grandes puertas; después he visto vuestras siluetas desaparecer en una zanja. La llama vacilaba y luego se ha apagado. He esperado cuanto he podido, muerto de frío. Por fin me he lanzado hacia el repliegue por el que habéis desaparecido, esperando encontrar ahí un pasadizo, pero no había más que una pequeña puerta de madera cerrada a cal y canto. Me he agachado un rato, hasta decidir qué hacer a continuación, y he vuelto a mi escondite en el lindero del bosque, como un animal.


Un poco más tarde, por la noche. Una sensación de ahogo me saca del letargo en el que me he sumido. Tengo los miembros entumecidos. La temperatura se ha desplomado. No consigo mover los dedos para deshacer el nudo que cierra mi bolsa y coger algo con lo que abrigarme. El agotamiento ralentiza mis gestos. Vuelven a mi memoria esas historias de alpinistas a los que la montaña acuna despacio antes de que se duerman para siempre. Estamos a cuatro mil metros, ¿cómo he sido tan insensato al pensar que podría sobrevivir a la noche? Voy a morir aquí, en un bosquecillo de avellanos y de olmos, del lado equivocado de una muralla, a pocos metros de ti. Dicen que, en el momento de morir, se abre ante ti un túnel oscuro al final del cual brilla una luz. Yo no veo nada de eso, mi único fulgor será el de haberte visto bañándote en el río.



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