Un rayo de luz barre el suelo, me doy la vuelta y veo a un monje en el umbral; un discípulo pasa delante de él y avanza hasta mí, con la cabeza oculta por una capucha. Se la quita, y yo no puedo creer lo que veo.

Tienes una gran cicatriz en la frente, pero no menoscaba en nada tu atractivo. Quisiera abrazarte, pero tú das un paso atrás. Tienes el pelo corto y la tez más pálida que de costumbre. Mirarte sin poder tocarte es la penitencia más cruel, sentirte tan cerca y no poder abrazarte, una frustración de violencia insoportable. Me miras fijamente, sin dejar que me acerque, como si atrás hubiera quedado el tiempo de los abrazos, como si tu vida hubiera tomado un camino en el que yo ya no soy bienvenido. Y, por si todavía me quedaba alguna duda al respecto, tus palabras me hacen aún más daño que la distancia que me impones.

– Tienes que irte -murmuras con una voz sin expresión.

– He venido a buscarte.

– Yo no te he pedido nada, tienes que marcharte y dejarme en paz.

– Tus excavaciones, los fragmentos… ¡Puedes renunciar a nosotros, pero no a eso!

– Ya no merece la pena, mi colgante me ha traído hasta aquí, y aquí he encontrado mucho más de lo que buscaba en otros lugares.

– No te creo; tu vida no está en este monasterio perdido en la otra punta del mundo.

– Es una cuestión de perspectiva, el mundo es redondo, lo sabes mejor que nadie. En cuanto a mi vida, he estado a punto de perderla por tu culpa. Hemos sido unos inconscientes. No habrá una segunda oportunidad. ¡Márchate, Adrian!

– No me marcharé mientras no cumpla la promesa que te hice. Juré devolverte a tu valle del Omo.

– ¡No volveré allí! Regresa a Londres, o donde sea, pero vete lejos de aquí.

Has vuelto a ponerte la capucha, has bajado la cabeza y te marchas con pasos lentos. En el último momento te vuelves hacia mí, en tu rostro no puedo leer ninguna emoción.

– Tu ropa ya está limpia -me espetas mirando la bolsa que el monje ha dejado en el suelo-. Puedes pasar la noche aquí, pero mañana por la mañana te marcharás.



45 из 343