– ¿Y Harry? ¿Renuncias también a Harry?

He visto brillar una lágrima en tu mejilla y he comprendido la llamada silenciosa que me dirigías.

– Esa puertecita que da a las zanjas -te pregunto-, la que utilizas para ir de noche a bañarte en el río, ¿dónde está?

– En el sótano, justo debajo de nosotros, pero no vayas, te lo suplico.

– ¿A qué hora está abierta?

– A las once -contestas antes de irte.

Me he pasado el resto del día encerrado en esta habitación donde he vuelto a verte para perderte en seguida después. Me lie pasado el resto del día dando vueltas como un loco entre estas cuatro paredes.

Por la noche viene a buscarme un monje y me lleva hasta el patio. Tengo permiso para caminar un poco al aire libre ahora que los discípulos han terminado sus últimas oraciones del día. Hace ya bastante fresco y comprendo que el frío será el guardián verdadero de esta prisión. Es imposible cruzar la llanura sin morir de frío, ya lo he comprobado. Pero sea cual sea el riesgo, tendré que encontrar una solución, no hay más remedio.

Aprovecho el paseo al que tengo derecho para explorar el lugar. El monasterio tiene dos plantas, tres si contamos el sótano que me ha mencionado Keira. Veinticinco ventanas dan al patio interior. Altas arcadas flanquean los pasillos de la planta baja. En cada esquina hay una escalera de caracol con peldaños de piedra. Voy contando mis pasos. Para llegar a una de estas escaleras desde mi celda necesitaría cinco o seis minutos como mucho, siempre y cuando no me cruce con nadie en el camino.

En cuanto termino de cenar me tiendo en mi estera y finjo dormir. El monje que me vigila no tarda en ponerse a roncar. La puerta no está cerrada con llave, a nadie se le ocurriría abandonar el monasterio en plena noche.

La galería está desierta. Los monjes que se pasean por los tejados, siguiendo el camino de ronda, no pueden verme; bajo las arcadas hay demasiada oscuridad. Avanzo rozando las paredes.



46 из 343