Son las once menos diez en mi reloj. Si Keira de verdad se ha citado conmigo, si he interpretado bien su mensaje, me quedan diez minutos para encontrar la manera de llegar al sótano y dar con la puertecita de madera que entreví desde el bosque donde me escondía ayer.

Son las once menos cinco, por fin he llegado a la escalera. Una puerta, cerrada a cal y canto con un candado de hierro, condena el acceso. Tengo que lograr descorrerlo sin ruido; unos veinte monjes duermen en una habitación muy cerca de allí. La puerta chirría sobre sus goznes, la entreabro y me escabullo al otro lado.

A tientas en la oscuridad, bajo los peldaños de piedra gastada y resbaladiza. Conservar el equilibrio no es tarea fácil, y no tengo ni idea de cuánta distancia me separa aún de las profundidades del monasterio.

Las agujas fosforescentes de mi reloj marcan casi las once. Por fin siento bajo mis pies que la piedra deja paso a la tierra; a pocos metros, una antorcha fijada en la pared ilumina tenuemente un camino. Algo más lejos, distingo otra, así que sigo avanzando. De repente oigo un sonido ahogado a mi espalda, y, nada más darme la vuelta, una bandada de murciélagos me rodea. Sus alas me rozan varias veces mientras sus sombras tiemblan en el eco luminoso de la antorcha. Tengo que seguir adelante, ya son las once y cinco, estoy retrasándome y sigo sin ver la puertecita. ¿Será que me he equivocado de camino?

No habrá una segunda oportunidad, ha dicho Keira; no puedo haberme equivocado, ahora no.

Una mano me agarra del hombro y me arrastra hacia un lado, a un hueco practicado en la pared del sótano. Escondida ahí, Keira me atrae hacia sí y me abraza.

– Dios, cuánto te he echado de menos -murmuras.

No te respondo, tomo tu rostro entre mis manos y nos besamos. Este largo beso sabe a tierra y a polvo, a sal y a sudor. Apoyas la cabeza en mi pecho, yo te acaricio el pelo, y lloras.



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