– Tienes que marcharte, Adrian, tienes que irte, nos pones a los dos en peligro. Para que tú sobrevivieras, era necesario que a mí me creyeran muerta; si se enteran de que estás aquí, de que nos hemos visto, te matarán.

– ¿Los monjes?

– No -dices entre hipidos-, ellos son nuestros aliados, me salvaron del río Amarillo, me cuidaron y me escondieron aquí. Hablo de los que quisieron asesinarnos, Adrian, no pararán hasta acabar con nosotros. No sé qué hemos hecho, ni por qué nos persiguen, no retrocederán ante nada con tal de impedir que prosigamos con nuestra investigación. Si saben que estamos juntos de nuevo, nos encontrarán. El lama que conocimos, el que se burló de nosotros cuando buscábamos la pirámide blanca, fue él quien nos salvó… y le he hecho una promesa.

Atenas

Ivory se sobresaltó. Habían tocado a la puerta. Un botones le entregó un fax urgente, alguien había llamado a la recepción para pedir que se le entregara de inmediato. Ivory cogió el sobre, le dio las gracias al joven, esperó a que se hubiera alejado y sólo entonces abrió la carta.

Roma le pedía que lo llamara sin demora desde una línea segura.

Ivory se vistió de prisa y bajó a la calle. Compró una tarjeta telefónica en el quiosco que había delante del hotel para llamar a Lorenzo desde una cabina cercana.

– Tengo noticias curiosas.

Ivory contuvo el aliento y escuchó atentamente a su interlocutor.

– Mis amigos de China han encontrado el rastro de su amiga la arqueóloga.

– ¿Viva?

– Sí, pero aún así no está como para volver a Europa.

– ¿Y eso por qué?

– Le va a costar creerlo: ha sido detenida y encarcelada.

– ¡Pero eso es absurdo! ¿Y por qué razón?

Lorenzo, alias Roma, completó un puzle del que a Ivory le faltaban muchas piezas.



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