Esa idea me da fuerzas para continuar.

La tierra enfangada se me pega a los zapatos, y, más que avanzar, siento que retrocedo. Me cuesta mucho esfuerzo llegar hasta la cima de la colina. Empapado y cubierto de barro, debo de parecer un vagabundo, me pregunto qué acogida me brindarán los tres monjes que salen a mi encuentro.

Sin decir palabra, me indican con un gesto que los siga. Llegamos a la puerta del monasterio, y el que no ha dejado de comprobar todo el camino que no tratara de darles esquinazo me lleva hasta una pequeña habitación. Se parece a aquella en la que dormimos la primera vez. Me invita a sentarme, llena un cuenco con agua, se arrodilla delante de mí y me lava las manos, los pies y la cara. Luego me ofrece un pantalón de lino y una camisa limpia, y sale de la habitación; ya no lo veré más en todo el día.

Un poco más tarde, otro monje me trae algo de comer y extiende una estera en el suelo. Comprendo entonces que pasaré la noche en esta habitación.

El sol empieza a declinar ya, y cuando sus últimos fulgores desaparecen por la línea del horizonte, se presenta por fin el monje al que he venido a ver.

– No sé qué vuelve a traerlo por aquí, pero a menos que me anuncie su intención de hacer un retiro espiritual, le agradecería que se marchara mañana mismo. Ya hemos tenido bastantes problemas por su culpa.

– ¿Ha tenido noticias de Keira, la joven que me acompañaba? ¿Ha vuelto a verla? -le pregunto, ansioso.

– Siento mucho lo que les ocurrió a ambos, pero si alguien le ha dado a entender que su amiga sobrevivió a ese terrible accidente, le ha mentido. No pretendo estar al corriente de todo lo que ocurre en la región, pero eso, créame, lo sabría.

– ¡No fue un accidente! Nos dijo usted que su religión le prohíbe mentir, de modo que le reitero mi pregunta: ¿tiene usted la certeza de que Keira esté muerta?



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