Cleo se tomó un instante para mirar a su alrededor. Durante su primera estancia en palacio había inspeccionado varias de las habitaciones públicas. Aquel comedor en particular estaba destinado a las celebraciones familiares. Los tapices que engalanaban las paredes databan del siglo XV y mostraban las imágenes de los exploradores que se habían abierto paso hasta Bahania. Había una estatua de mármol en cada una de las cuatro esquinas. Al fondo de la estancia se levantaba la tarima que daba cabida a una pequeña orquesta. La luz provenía de varios candelabros de cristal.

Todo allí brillaba, sobre todo los vestidos de las señoras. Cleo alzó la cabeza. Tal vez Sadik no estuviera sentado a su lado, pero lo tenía enfrente. La mesa era lo suficientemente grande como para que no tuviera que cruzar palabra, pero eso no importaba. Le bastaba con saber que estaba allí. Y que la observaba. Cleo se giró deliberadamente a hablar con su compañero de mesa.

– ¿Y qué asuntos le traen por Bahania, caballero?

– Soy el embajador americano -respondió el hombre con gesto sorprendido.

Cleo sintió deseos de esconderse debajo de la mesa. Tenía las mejillas ardiendo.

– Lo siento, no lo sabía. Lo cierto es que no vivo en Bahania y…

– Tendría que haberme presentado -la interrumpió el embajador para atajar su incomodidad-. Di por hecho que su hermana, la princesa Zara, le habría hablado de mí.

– Lo cierto es que Zara y yo hemos hablado básicamente de la boda. Ya sabe, cosas de chicas.

– Tengo tres hijas, así que entiendo perfectamente a qué se refiere.



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