Se movieron en silencio. Cleo se relajó con el ritmo de la música. Tal vez fuera una locura, pero estar con Sadik era como volver a casa.

A pesar de la diferencia de altura bailaban bien juntos. Ella se anticipaba con facilidad a sus movimientos. El calor que emanaba el cuerpo del Príncipe la hacía sentirse segura.

«Segura», pensó con tristeza. Aquél era un concepto extraño. Al lado de Sadik podría experimentar muchas cosas, pero la seguridad no era desde luego una de ellas.

– Deberías buscarte una morena alta y delgada y dejarme a mí en paz -gruñó Cleo.

– Y tú deberías callarte. Estás estropeando nuestro momento juntos.

– ¿Es eso lo que estamos haciendo? ¿Compartir un momento?

– Sí. Y tú lo estás disfrutando. Además, la única mujer a la que deseo eres tú.

Aquellas palabras le entraron directamente en el corazón, deshaciendo los muros que protegían su sentido común. Cleo sabía que estaba hablando únicamente de sexo, pero no pudo evitar pensar… desear… esperar… algo más. Sadik la tenía sujeta lo suficientemente cerca como para que pudiera sentir el calor de su cuerpo. Ella dio el medio paso adelante que faltaba para acurrucarse entre sus brazos. La única respuesta del Príncipe fue suspirar suavemente.

Cleo cerró los ojos para tratar de conjurar el dolor que le provocaba pensar en el pasado. Si se hubiera tratado sólo de sexo habría sacado fuerzas de flaqueza para resistirse. Pero Sadik y ella habían compartido mucho más. Después de una o dos horas, tras quedarse ambos satisfechos, habían hablado. Primero de asuntos intrascendentes, aunque más tarde habían compartido detalles de su pasado. Cleo lo había escuchado hablar de su infancia solitaria en un mundo de riqueza y privilegios, ignorado por sus padres y criado primero por una niñera y luego por un tutor. Ella le había contado cómo había transcurrido su vida con su madre y su hermana adoptiva.



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