Cleo sintió el deseo momentáneo de dar un paso atrás. Pero en su lugar hizo lo que mejor se le daba: Decir lo que pensaba.

– Tengo que decir que surges de la oscuridad mejor que nadie -dijo apoyándose contra la barandilla-. ¿Es algo innato en los hombres altos o se trata más bien de una habilidad propia de príncipes?

– Veo que todavía no has aprendido a contener tu lengua -respondió él mirándola con los ojos entornados-. Como mujer que eres, deberías saberlo ya.

– Sadik, tienes que renovarte -aseguró Cleo poniendo los ojos en blanco -. Estamos en un nuevo milenio. Las mujeres tenemos cerebro y lo utilizamos. ¿O todavía no te has enterado?

– Soy el príncipe Sadik de Bahania -dijo entonces él con cierta agresividad-. No puedes hablarme de ese modo. Tienes que aprender cuál es tu sitio.

– La última vez que miré mi sitio estaba tres metros más allá -respondió Cleo señalando su dormitorio con la mano-. Así que lo conozco perfectamente y debo decir que es precioso.

Sadik dio medio paso hacia delante, colocándose demasiado cerca para el gusto de Cleo. La miró fijamente y emitió una especie de gruñido surgido desde lo más profundo de su garganta. Cleo no podía creerlo. Sintió cómo un escalofrío le recorría la espina dorsal y se estremeció. Por un lado le complacía saber que todavía lo excitaba, pero por otra parte al estar tan cerca de él le resultaba difícil pensar y respirar a la vez.

Sadik seguía mirándola y ella le aguantó la mirada. De ninguna manera iba a hacerle saber cuánto daño le había hecho. Que habían pasado ciento veinte noches desde que lo vio por última vez y que al menos había pasado setenta de ellas llorando.

Tenía que conseguir que Sadik no supiera nunca cuánto le había importado. Y desde luego que no se enterara de que estaba embarazada.



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