
– Cocinaré yo.
– ¿En serio?
– Nos quedaremos en casa.
– Bien. Entonces será algo familiar. ¿Para que conozca mejor a los chicos?
– Los chicos pasarán la noche en casa de mi hermana.
– Oh -dijo Myron.
Ali le miró intensamente y subió al coche.
– Oh -repitió Myron.
Ella arqueó una ceja.
– Y no querías fanfarronear sobre tu elocuencia…
Se marchó. Myron vio desaparecer el coche, todavía con la sonrisa de zombi en la cara. Se volvió y fue a la casa.
Win no se había movido. Había habido muchos cambios en la vida de Myron -sus padres se habían mudado al sur, el nuevo hijo de Esperanza, su empresa, incluso Big Cyndi- pero Win seguía siendo una constante. El cabello de un rubio ceniza se le había vuelto gris en las sienes, pero aún era un blanco privilegiado prototípico. La mandíbula noble, la nariz perfecta, los cabellos peinados por los dioses: olía, merecidamente, a privilegio, zapatos blancos y bronceado de golf.
– Seis coma ocho -dijo Win-. Lo dejaré en siete.
– ¿Cómo dices?
Win levantó una mano, con la palma hacia abajo, y la meneó a un lado y otro.
– Tu señora Wilder. Siendo generoso, le daría un siete.
– Vaya, no sabes cuánto me alegro. Viniendo de ti y todo eso.
Entraron en la casa y se sentaron en la sala. Win cruzó las piernas con su elegancia habitual. Su expresión se instalaba pertinazmente en la arrogancia. Parecía mimado, consentido y blando, al menos por su cara. Pero el cuerpo era otra historia. Era todo músculo, nudoso y denso, delgado pero fuerte como un alambre.
Win chasqueó los dedos. En él quedaba elegante.
– ¿Puedo hacerte una pregunta?
– No.
– ¿Por qué estás con ella?
– Estás bromeando, espero.
– No. Quiero saber qué es exactamente lo que ves en la señora Ali Wilder.
Myron meneó la cabeza.
– Sabía que no debería haberte invitado.
