
– Ah, pero lo hiciste. Así que déjame perorar.
– Por favor, no lo hagas.
– En nuestros años de Duke, fue la preciosa Emily Dowing. Después, tu alma gemela durante más de diez años, la exquisita Jessica Culver, un breve flirteo con Brenda Slaughter y ay las, más recientemente, la pasión Terese Collins.
– ¿Esto tiene algún objetivo?
– Lo tiene. -Win separó los dedos y los juntó de nuevo-. ¿Qué tienen en común todas esas mujeres, tus antiguos amores?
– Dímelo tú -dijo Myron.
– En una palabra: suculencia.
– ¿Ésa es tu definición?
– Mujeres que echaban humo -siguió Win con su acento pedante-. Todas y cada una de ellas. En una escala del uno al diez, daría a Emily un nueve. Sería la puntuación más baja. Jessica sería un once, de las que te hacen perder el seso. Terese Collins y Brenda Slaughter eran ambas casi diez.
– Y en tu experta opinión…
– Un siete siendo generoso -terminó Win por él.
Myron sólo meneó la cabeza.
– Dime por favor -dijo Win-, ¿dónde radica la gran atracción?
– ¿Eres tú de verdad?
– Ya lo creo.
– Pues, te daré una noticia, Win. Primero, aunque no sea realmente importante, no estoy de acuerdo con tu puntuación.
– ¿Oh? ¿Cómo puntuarías a la señora Wilder?
– No pienso hablar de eso contigo. Pero, para que lo sepas, Ali tiene esa clase de físico que te va cautivando. Al principio crees que es atractiva, pero después, cuando la conoces…
– Bah.
– ¿Bah?
– Racionalización.
– Bueno, te daré otra noticia. El físico no lo es todo.
– Bah.
– ¿Otra vez con el bah?
Win volvió a unir los dedos.
– Hagamos un juego. Yo diré una palabra, y tú la primera cosa que te venga a la cabeza.
Myron cerró los ojos.
– No sé por qué hablo de asuntos del corazón contigo. Es como hablarle a un sordo de Mozart.
– Sí, muy gracioso. Va la primera palabra. De hecho, son dos palabras. Tú dime lo primero que se te ocurra: Ali Wilder.
