
– Eh, Myron.
Más silencio.
La primera vez que vio a Aimee Biel fue el día siguiente a su nacimiento en el St. Barnabas Hospital. Aimee y sus padres, Claire y Erik, vivían a dos manzanas de distancia. Myron conocía a Claire desde que iban juntos a la Heritage Middle School, a medio kilómetro de allí. Myron miró a Aimee. Por un momento fue como volver veinticinco años atrás. Aimee se parecía tanto a su madre -tenía la misma sonrisa maliciosa y despreocupada-, que era como entrar en el túnel del tiempo.
– Iba a por más hielo -dijo Myron. Señaló el congelador con el pulgar para ilustrarlo.
– Bien -dijo Aimee.
– Muy frío -dijo Myron-. Helado, de hecho.
Myron chasqueó la lengua. Sólo él.
Con una sonrisa tonta todavía en la cara, Myron miró a Erin. Ella apartó la mirada. Ésa había sido su reacción básica ese día. Educada pero distante.
– ¿Puedo preguntarte algo? -dijo Aimee.
– Dispara.
Ella abrió las manos.
– ¿No era ésta tu habitación de pequeño?
– Lo era.
Las dos chicas intercambiaron una mirada. Aimee se rió. Erin la imitó.
– ¿Qué? -preguntó Myron.
– Esta habitación… no puede ser más fatal.
Erin habló por fin.
– Es casi demasiado retro para ser retro.
– ¿Cómo le llamas a eso? -preguntó Aimee, señalando debajo de ella.
– Puf -dijo Myron.
Las dos chicas volvieron a reírse.
– Y esa lámpara, ¿por qué tiene la bombilla negra?
– Hace que brillen los pósteres.
Más risas.
– Oye, iba al instituto -dijo Myron, como si eso lo explicara todo.
– ¿Trajiste a alguna chica aquí? -preguntó Aimee.
Myron se llevó una mano al corazón.
– Un caballero nunca habla de sus ligues. -Después-: Sí.
– ¿Cuántas?
– ¿Cuántas qué?
– ¿Cuántas chicas trajiste?
– Oh. ¿Aproximadamente? -Myron miró al techo, y contó con los dedos-. Más o menos… diría que entre ochocientas y novecientas mil.
