Eso provocó una risa desenfrenada.

– De hecho -dijo Aimee-, mamá dice que eras una monada.

– ¿Era? -dijo Myron arqueando una ceja.

Las chicas se desternillaron de risa. Myron meneó la cabeza y gruñó algo referente a respetar a los mayores. Cuando se serenaron, Aimee dijo:

– ¿Puedo hacerte otra pregunta?

– Dispara.

– Hablo en serio.

– Adelante.

– Las fotos tuyas de arriba. En la escalera.

Myron asintió. Ya se imaginaba adónde quería ir a parar.

– Saliste en la cubierta del Sports Illustrated.

– Ése soy yo.

– Mis padres dicen que eras el mejor jugador de baloncesto del país.

– Tus padres exageran -dijo Myron.

Las chicas le miraron. Pasaron cinco segundos. Después cinco más.

– ¿Tengo algo entre los dientes? -preguntó Myron.

– ¿No te contrataron los Lakers?

– Los Celtics -corrigió él.

– Lo siento, los Celtics. -Aimee no dejó de mirarle fijamente-. Y te lesionaste la rodilla, ¿no?

– Sí.

– Se acabó tu carrera. Así sin más.

– Más o menos, sí.

– ¿Y qué? -Aimee se encogió de hombros-. ¿Cómo te sentiste?

– ¿Por lesionarme la rodilla?

– Por ser una superestrella, y después, paf, no poder volver a jugar.

Las dos chicas esperaban una respuesta. Myron intentó pensar en algo profundo.

– Fue una auténtica mierda -dijo.

A las dos les encantó oírlo.

Aimee sacudió la cabeza.

– Debió de ser espantoso.

Myron miró a Erin, que tenía los ojos bajos. La habitación estaba en silencio. Esperó. Finalmente levantó la cabeza. Parecía asustada, pequeña y joven. Le habría gustado abrazarla, pero vaya, eso no habría sido buena idea en absoluto.

– No -dijo Myron bajito, sin dejar de mirarla-. No fue tan espantoso.

Una voz en lo alto de la escalera gritó:



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