– Eso es porque perdimos a muchos en Waterloo. -Deverell miró el interior de su jarra; todos guardaron silencio durante un momento mientras recordaban a los compañeros caídos, luego levantaron las jarras y bebieron.

»Tengo que confesar que yo también estoy en la misma situación desesperada. -Deverell dejó la jarra en la mesa-. No esperaba que algo así sucediera cuando dejé Inglaterra. Y a mi regreso descubro que un primo muy lejano ha pasado a mejor vida y ahora soy vizconde de Paignton, con las casas, los ingresos y, como todos vosotros, la desesperada necesidad de una esposa. Puedo encargarme de las tierras y de los fondos, pero de las casas, por no hablar de las obligaciones sociales… Forman un entramado mucho peor que cualquier complot francés.

– Y las consecuencias del fracaso podrían llevarte a la tumba -intervino St. Austell.

Se oyeron sombríos murmullos de asentimiento. Todos los ojos se volvieron hacia Tristan.

El aludido sonrió.

– Casi parece una letanía, pero me temo que puedo superar todas vuestras historias. -Bajó la mirada y empezó a girar la jarra entre las manos-. Yo también regresé para descubrirme lleno de cargas, con un título, dos casas, un coto de caza y una fortuna considerable. Sin embargo, las dos casas son el hogar de una gran variedad de mujeres: tías abuelas, primas y otras parientes más lejanas. He heredado de mi tío abuelo, el recientemente fallecido tercer conde de Trentham, que odiaba a su hermano, es decir, a mi abuelo, y también a mi padre, ya difunto, y a mí.

»Nos acusaba de ser unos gandules que no servíamos para nada y que íbamos y veníamos a nuestro antojo, viajando por el mundo y demás. Con toda franqueza, debo decir que ahora que he conocido a mis tías abuelas y a ese ejército de mujeres, puedo entender al viejo. Debió de sentirse atrapado por su posición, condenado a vivir rodeado por una tribu de mujeres entrometidas, demasiado pendientes de él.



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