Los otros brindaron, golpearon la mesa y se levantaron.

Charles inclinó la cabeza hacia Christian.

– Brindo por el bastión que nos permitirá hacernos cargo de nuestro destino y gobernar nuestros hogares. ¡Caballeros! -Levantó la jarra bien alto-. ¡Brindo por el club Bastion!

Todos bramaron su aprobación y bebieron.

Y así nació el club Bastion.

CAPÍTULO 01

Lujuria y una mujer virtuosa, sólo un estúpido combinaría ambas cosas. A Tristan Wemyss, cuarto conde de Trentham, difícilmente se lo podría llamar estúpido. Y, sin embargo, allí estaba, mirando por la ventana a una dama indudablemente virtuosa, mientras se dejaba llevar por toda clase de pensamientos lujuriosos.

Comprensible quizá, ya que la dama era alta, de pelo oscuro y poseía una figura esbelta de sutiles curvas que se ponían de relieve cuando se detenía aquí y allá para inclinarse a examinar alguna planta o flor del jardín trasero, en la casa vecina.

Era febrero; aunque el tiempo era tan deprimente y frío como de costumbre en esa época del año, el jardín de la casa de al lado se veía exuberante, con gran cantidad de plantas inusuales en tonos de verde oscuro y bronce, que parecían crecer con fuerza a pesar de las heladas. Había que admitir que, aunque había árboles y arbustos pelados y secos esparcidos por los parterres, el jardín exudaba un aire de vida del que carecían la mayoría de los jardines de Londres en esa época del año.

No es que él tuviera ningún interés por la horticultura; era la dama quien le interesaba, con su fluido y grácil andar, y aquel modo en que ladeaba la cabeza para examinar una flor. Llevaba el pelo, del color de la rica caoba, recogido en forma de corona sobre la cabeza; desde esa distancia, Tristan no podía adivinar su expresión. Sin embargo, su rostro era un pálido óvalo de rasgos delicados y puros.



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