Un perro lobo, peludo y atigrado, resopló ociosamente, pegado a sus talones; el can a menudo la acompañaba cuando salía fuera a pasear.

Los instintos depurados y fiables de Tristan le decían que ese día la dama no prestaba especial atención a lo que hacía, se la veía distraída, parecía estar matando el tiempo mientras esperaba algo. O a alguien.

– ¿Milord?

Se volvió. Estaba de pie junto al ventanal de la biblioteca, en el primer piso del número 12 de Montrose Place. Sus seis compañeros y él, los miembros del club Bastion, habían comprado la casa tres semanas antes y estaban preparándola para que les sirviera como fortaleza privada, como último bastión contra las casamenteras de la alta sociedad. La propiedad era perfecta para sus necesidades. Estaba situada en la tranquila zona de Belgravia, a pocas manzanas de la esquina sudeste del parque, más allá de Mayfair, donde todos ellos poseían casa.

La ventana de la biblioteca daba al jardín trasero, y también al de la mansión de al lado, el número 14, más grande que el de ellos, donde vivía la dama en cuestión.

Billings, el carpintero a cargo de las reformas, estaba en la puerta, estudiando un maltrecho papel.

– Ya casi hemos acabado con todo el trabajo nuevo, excepto esa serie de armarios del despacho -dijo Billings alzando la vista-. Quizá podría echarle una ojeada a la lista y ver si hemos captado bien la idea. Luego empezaríamos a pintar, pulir y limpiar para que su gente pueda instalarse.

– Muy bien -respondió Tristan-. Ahora voy. -Lanzó una última mirada al jardín de al lado y vio a un chico rubio que corría hacia aquella dama. La vio volverse, expectante, aguardando las noticias que era evidente que había estado esperando.

No tenía ni idea de por qué la encontraba tan fascinante; en general, prefería a las rubias de busto más generoso y, a pesar de su desesperada necesidad de conseguir una esposa, esa dama era demasiado mayor para estar todavía en el mercado; sin duda ya estaría casada.



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