Apartó la mirada de ella.

– ¿Cuánto cree que falta para que la casa esté habitable?

– Unos pocos días más, quizá una semana. La parte del sótano ya casi está terminada.

Tristan le indicó a Billings que salieran y lo siguió fuera de la biblioteca.


– ¡Señorita, señorita! ¡El caballero está aquí!

«¡Al fin!» Leonora Carling tomó aire. Se irguió. Sentía la columna rígida por la anticipación, luego se relajó para sonreírle al limpiabotas.

– Gracias, Toby. ¿Es el mismo caballero de la otra vez?

Toby asintió.

– El que Quiggs dijo que era uno de los dueños.

Quiggs era un oficial de carpintero que trabajaba en la casa de al lado; Toby, siempre curioso, se había hecho amigo del hombre y, a través de él, Leonora había descubierto lo suficiente sobre los planes de los caballeros que habían comprado la casa de al lado como para decidir que necesitaba saber más. Mucho más.

El chico, despeinado y con las mejillas encendidas por el viento, brincaba sobre un pie y otro.

– Tendrá que darse prisa si quiere alcanzarlo, porque Quiggs me ha dicho que Billings iba a comentar algunas cosas con él y que luego lo más probable era que se marchara.

– Gracias. -Leonora le dio a Toby unas palmaditas en el hombro e hizo que la acompañara mientras se encaminaban a paso rápido hacia la puerta trasera. Henrietta, su perra, trotaba detrás de ellos-. Iré ahora mismo. Me has sido de mucha ayuda. Veamos si podemos convencer a la cocinera de que te mereces una tartaleta con mermelada.

– ¡Vaya! -Toby abrió los ojos como platos; las tartaletas con mermelada de la cocinera eran legendarias.

Harriet, la doncella de Leonora, estaba esperando en el pasillo, al otro lado de la puerta trasera. Trabajaba en la casa desde hacía muchos años y era una mujer tranquila pero sagaz, con una mata de rizado pelo pelirrojo. Leonora envió a Toby a la cocina a buscar su recompensa; Harriet esperó a que el chico no pudiera oírla para preguntar:



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