– No cometerá ninguna imprudencia, ¿verdad?

– Por supuesto que no. -Leonora echó una mirada a su vestido y se pellizcó el corpiño-. Pero debo averiguar si los caballeros de la casa vecina son los mismos que ya quisieron esa casa antes.

– ¿Y si lo son?

– Si lo son, o bien estaban detrás de los incidentes, y en ese caso éstos cesarán, o no saben nada de los intentos de robo ni de los demás sucesos, entonces… -Frunció el cejo, luego pasó junto a Harriet-. Debo irme. Toby dice que se marchará pronto.

Ignorando la preocupada mirada de su doncella, Leonora atravesó a toda prisa la cocina. Empujó la puerta batiente que daba al vestíbulo delantero, mientras indicaba con un gesto de la mano que de inmediato regresaría para ocuparse de las habituales consultas domésticas de la cocinera, de la señora Wantage, su ama de llaves, y de Castor, el viejo mayordomo de su tío.

Castor la siguió.

– ¿Debo llamar un coche de alquiler, señorita? ¿O desea un lacayo…?

– No, no. -Cogió su capa, se la colocó sobre los hombros y se ató rápidamente las cintas-. Voy a salir un minuto a la calle, volveré en seguida.

Descolgó el sombrero del perchero, se lo puso y se anudó con presteza los lazos ante el espejo del vestíbulo. Estudió su aspecto. No estaba perfecta, pero bastaría. Interrogar a caballeros desconocidos no era algo que hiciera a menudo; así y todo, no estaba dispuesta a acobardarse ni a temblar. La situación era demasiado seria.

Se volvió hacia la puerta.

Castor se encontraba de pie ante ella, con un vago fruncimiento de cejo.

– ¿Dónde debo decir que ha ido si sir Humphrey o el señor Jeremy preguntan?

– No lo harán, pero si lo hacen, diles que he ido de visita a la casa de al lado. -Pensarían que había ido al número 16, no al 12.

Henrietta estaba sentada junto a la puerta, con sus brillantes ojos clavados en ella, la boca abierta y la lengua colgando, a la expectativa.



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