
– Quédate aquí.
La perra soltó un aullido, se dejó caer al suelo pesadamente y, con evidente disgusto, apoyó la cabeza sobre las patas.
Leonora la ignoró e hizo un gesto impaciente hacia la puerta. En cuanto Castor la abrió, se apresuró a salir al porche delantero. En lo alto de los escalones, se detuvo para examinar la calle; como esperaba, estaba desierta. Aliviada, descendió rápidamente al mundo de fantasía del jardín delantero.
Normalmente, el jardín la habría distraído, al menos lo habría mirado y se habría fijado en él, pero ese día, mientras recorría el camino de entrada, apenas contempló los arbustos, las brillantes bayas que apuntaban en las desnudas ramas, la profusión de extrañas hojas, similares a encaje, que crecían en él. Ese día, la fantástica creación de su primo lejano Cedric Carling no logró retrasar su precipitado avance hacia la verja delantera.
Según había oído Toby, los nuevos propietarios del número 12 eran un grupo de lores, pero quién sabía. Como mínimo, parecían ser caballeros de la buena sociedad. Estaban reformando la casa, pero ninguno de ellos planeaba vivir en ella, una circunstancia sin lugar a dudas extraña y claramente sospechosa. Eso, combinado con todo lo demás que había estado sucediendo, la había hecho decidirse a descubrir si había alguna relación entre ambas cosas.
Durante los últimos tres meses, su familia y ella habían estado sometidos a un resuelto acoso con el objetivo de convencerlos de que vendieran la casa. Primero se había producido un acercamiento a través de un agente local. Lo que en un principio había sido una tenaz persuasión por parte del mismo y sus argumentos había degenerado en agresividad y belicosidad. A pesar de todo, Leonora al fin había convencido al hombre, y se suponía que también a sus clientes, de que su tío no vendería.
Sin embargo, su alivio duró poco.
