En cuestión de semanas, se habían producido dos intentos de robo en la casa. Ambos se habían visto frustrados, uno por los sirvientes y el otro por Henrietta. Aun así, Leonora habría descartado los sucesos como coincidencias de no ser por los siguientes ataques que ella misma había sufrido.

Eso había sido mucho más aterrador.

Sólo le había explicado esos incidentes a Harriet. A nadie más, ni a su tío Humphrey ni a su hermano Jeremy ni a ningún otro miembro del servicio. No serviría de nada poner nervioso al personal, y respecto a su tío y su hermano, si lograba que creyeran que los incidentes habían ocurrido realmente y no eran producto de la imaginación femenina, se limitarían a restringir sus movimientos, comprometiendo aún más su capacidad para lidiar con el problema, identificar a los responsables, averiguar sus motivos y asegurarse así de que no se producían más incidentes.

Ése era su objetivo y esperaba que el caballero de la casa de al lado la hiciera avanzar un paso más en su camino.

Cuando alcanzó la alta verja de hierro forjado instalada en el también alto muro de piedra, la abrió, salió a toda prisa, giró a la derecha hacia el número 12… y se topó con un monumento andante.

– ¡Oh!

Chocó violentamente con un cuerpo que parecía hecho de roca, que no retrocedió ni un centímetro, pero reaccionó a una velocidad de vértigo. Unas duras manos le sujetaron los brazos por encima de los codos. Saltaron chispas a causa de la colisión. Desde el punto en que los dedos la agarraban, las sensaciones se dispararon.

La sujetó, evitando que cayera, y también atrapándola.

Leonora se quedó sin respiración. Sus ojos, abiertos como platos, se toparon y luego se quedaron fijos en una dura mirada color avellana, una mirada sorprendentemente penetrante. Cuando se dio cuenta, el hombre parpadeó y unos pesados párpados descendieron para ocultar sus ojos. Aquel rostro, que hasta el momento parecía cincelado en granito, se suavizó en una expresión de natural encanto.



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