Su inesperada aparición, el breve, demasiado breve, momento de la colisión, cuando, contra todo pronóstico, la dama había caído en sus brazos… teniendo en cuenta sus anteriores pensamientos sobre ella, teniendo en cuenta su obsesión, que había ido aumentando a lo largo de las semanas, mientras, desde la biblioteca del número doce, la observaba pasear por el jardín; en definitiva, su repentina aparición lo había descolocado.

Pero la obvia dirección de los pensamientos de la joven lo hizo volver a centrarse de inmediato.

Tristan arqueó una ceja con un gesto levemente altivo.

– Mis amigos y yo sólo deseamos un lugar tranquilo donde reunirnos. Le aseguro que nuestros intereses no son en absoluto indignos, ilícitos ni… -Iba a decir «socialmente inaceptables», pero las matronas de la buena sociedad probablemente no estarían de acuerdo. Así que, mirándola a los ojos, continuó con elocuencia-: Ni provocarán el escándalo de nadie, ni siquiera de los más mojigatos.

Pero sus palabras, en vez de tranquilizarla, hicieron que entonase los ojos e insistiera:

– Pensaba que para eso estaban los clubes de caballeros. Hay muchos establecimientos así a pocas manzanas de aquí, en Mayfair.

– Cierto. Sin embargo, nosotros deseamos gozar de cierta intimidad. -No le explicaría las razones de la creación del club, por lo que, antes de que pudiera pensar en algún modo de sondearlo más, Tristan tomó la iniciativa-. Esa gente que intentó comprar la casa de su tío ¿fue muy insistente?

Los de ella brillaron al recordar el agravio.

– Demasiado insistentes. Se convirtieron, o más bien el agente se convirtió, en un verdadero incordio.

– ¿Quieres decir que los interesados nunca se dirigieron directamente a su tío?

Leonora frunció el cejo.

– No. Stolemore fue quien presentó todas las ofertas, pero eso ya fue bastante desagradable.

– ¿Por qué?

Cuando la joven vaciló, Tristan le explicó:



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