
Pero la obvia dirección de los pensamientos de la joven lo hizo volver a centrarse de inmediato.
Tristan arqueó una ceja con un gesto levemente altivo.
– Mis amigos y yo sólo deseamos un lugar tranquilo donde reunirnos. Le aseguro que nuestros intereses no son en absoluto indignos, ilícitos ni… -Iba a decir «socialmente inaceptables», pero las matronas de la buena sociedad probablemente no estarían de acuerdo. Así que, mirándola a los ojos, continuó con elocuencia-: Ni provocarán el escándalo de nadie, ni siquiera de los más mojigatos.
Pero sus palabras, en vez de tranquilizarla, hicieron que entonase los ojos e insistiera:
– Pensaba que para eso estaban los clubes de caballeros. Hay muchos establecimientos así a pocas manzanas de aquí, en Mayfair.
– Cierto. Sin embargo, nosotros deseamos gozar de cierta intimidad. -No le explicaría las razones de la creación del club, por lo que, antes de que pudiera pensar en algún modo de sondearlo más, Tristan tomó la iniciativa-. Esa gente que intentó comprar la casa de su tío ¿fue muy insistente?
Los de ella brillaron al recordar el agravio.
– Demasiado insistentes. Se convirtieron, o más bien el agente se convirtió, en un verdadero incordio.
– ¿Quieres decir que los interesados nunca se dirigieron directamente a su tío?
Leonora frunció el cejo.
– No. Stolemore fue quien presentó todas las ofertas, pero eso ya fue bastante desagradable.
– ¿Por qué?
Cuando la joven vaciló, Tristan le explicó:
