
– Creo que ahora estoy en desventaja respecto a usted.
Cuando ella parpadeó, él continuó:
– Dado que vamos a ser vecinos, creo que sería aceptable que me dijera su nombre.
Leonora lo miró. No con recelo, sino con atención. Luego inclinó la cabeza y le tendió la mano.
– Soy la señorita Leonora Carling.
Tristan le tomó brevemente los dedos mientras ampliaba la sonrisa y le entraron ganas de sujetárselos durante más tiempo. Así pues, no estaba casada.
– Buenas tardes, señorita Carling. ¿Y su tío es?
– Sir Humphrey Carling.
– ¿Y su hermano?
Empezó a ver que fruncía las cejas.
– Jeremy Carling.
Tristan siguió sonriendo, todo él concentrado en tranquilizarla.
– ¿Y vive aquí desde hace mucho tiempo? ¿El barrio es tan tranquilo como parece a primera vista?
Los ojos entornados de ella le indicaron que no la había embaucado y respondió sólo a la segunda pregunta.
– Muy tranquilo.
«Hasta hace poco.» Leonora le sostuvo aquella mirada tan inquietantemente penetrante y añadió, conteniéndose lo máximo que pudo:
– Y espero que siga siéndolo.
Vio que los labios de él temblaban antes de que bajara la mirada.
– Desde luego. -Con un gesto de la mano, la invitó a caminar a su lado los pocos pasos que había hasta la verja de la casa de su tío.
Ella se dio la vuelta, pero sólo entonces se percató de que con su gesto estaba reconociendo que había salido corriendo únicamente para encontrarse con él. Alzó la vista, lo miró a los ojos y supo que lord Trentham había reconocido la acción como lo que era, una clara confesión de su indiscreción. Y si eso no era lo bastante malo atisbó una chispa en sus ojos color avellana, un destello que cautivó sus sentidos y la dejó sin respiración, y que fue infinitamente más perturbador.
