Pero entonces, las pestañas de él velaron sus ojos y sonrió del mismo modo encantador que antes. Y Leonora estuvo aún más segura de que aquella expresión era una máscara.

El caballero se detuvo ante la verja y le tendió la mano.

Las normas de cortesía la obligaron a ofrecerle los dedos para que los tomara una vez más.

Él cerró la mano y sus agudos ojos, que parecían ver demasiado, atraparon su mirada.

– Ahora que nos conocemos, me encantaría cultivar nuestra relación, señorita Carling. Le ruego que salude de mi parte a su tío; en breve vendré a visitarles para presentarles mis respetos.

Leonora inclinó la cabeza y se aferró a la cortesía aunque, en realidad, anhelaba liberar los dedos. Hizo un esfuerzo para evitar que se le agitaran entre los de él, porque su contacto, frío, firme, una pizca más fuerte de lo que debería, la afectaba de una forma de lo más peculiar.

– Buenas tardes, lord Trentham.

Él la soltó y le hizo una elegante reverencia.

Leonora se volvió, atravesó la verja y luego la cerró a su espalda. Sus ojos se encontraron brevemente antes de que diera media vuelta hacia la casa.

Ese fugaz contacto fue suficiente para dejarla sin aliento una vez más.

Mientras avanzaba por el camino, intentó respirar con normalidad, pero podía sentir todavía su mirada sobre ella. Luego, oyó el roce de las botas cuando se dio la vuelta y el sonido de unos firmes pasos cuando él echó a andar por la acera. Inspiró finalmente y luego exhaló aliviada. ¿Qué tenía Trentham que la ponía tan al límite?

¿Al límite de qué?

Todavía sentía el contacto de aquellos firmes dedos y de su palma levemente callosa sobre la mano, un sensual recuerdo grabado en su mente. Un recuerdo la inquietaba, pero, como antes, resultó esquivo. No se habían visto nunca antes, de eso estaba segura. Sin embargo, algo en él le resultaba familiar.



27 из 415