
Negando con la cabeza, subió la escalera del porche y, decidida, obligó a su mente a centrarse en las tareas que había dejado a la espera.
Tristan caminó con paso firme por Motcomb Street hacia el grupo de locales entre los que se encontraba el despacho de Earnest Stolemore, agente inmobiliario y administrador. La conversación con Leonora Carling había agudizado sus sentidos y había despertado instintos que, hasta hacía poco, eran elementos clave en su cotidianidad. Y es que, en un pasado reciente, su vida había dependido de esos instintos, de entender el mensaje con precisión y reaccionar del modo correcto.
No estaba seguro de qué pensar de la señorita Carling, o de Leonora, que era como él pensaba en ella, lo cual era lógico, dado que había estado observándola en silencio durante tres semanas. Físicamente era más atractiva de lo que había deducido a distancia. Su pelo era una mata de color caoba en la que brillaban vetas granates, y sus inusuales ojos azules eran grandes y almendrados bajo unas oscuras cejas delicadamente perfiladas. Tenía la nariz recta, elegantes facciones, pómulos altos y una piel clara y tersa. Pero eran sus labios los que marcaban la pauta: carnosos, generosamente curvados, de un rosa oscuro, una tentación para que un hombre los tomara y los saboreara.
No se le había escapado su propia reacción instantánea, ni la de ella. Su respuesta, sin embargo, lo intrigaba; era casi como si Leonora no hubiera reconocido aquel fogonazo de sensualidad como lo que era. Lo que hacía que se planteara ciertas cuestiones fascinantes que seguramente se sentiría tentado de tratar más adelante. No obstante, en ese momento eran los hechos concretos que le había revelado lo que ocupaba su mente.
Era probable que los robos frustrados fueran fruto de la fantasía de una imaginación femenina demasiado activa, estimulada por lo que él asumía que habrían sido las tácticas intimidatorias de Stolemore para intentar lograr la venta de la casa.
