
La joven incluso podría haberse imaginado todos los incidentes.
Aunque su instinto le susurraba lo contrario.
En su anterior ocupación, interpretar las verdaderas intenciones de la gente, valorarla, había sido crucial, por lo que hacía mucho tiempo que se había convertido en un experto en la materia, y juraría que Leonora Carling era una mujer práctica y tenaz, con un saludable sentido común. Desde luego, no era de las que se sobresaltaban ante cualquier sombra, y mucho menos iba a imaginar robos inexistentes.
Si su suposición era correcta, y éstos estaban relacionados con el deseo del cliente de Stolemore de comprar la casa de su tío, entonces…
Tristan entornó los ojos. Toda la imagen de por qué había salido para desafiarlo se formó en su mente. No lo aprobaba, no lo aprobaba en absoluto. Con rostro tenso, siguió caminando.
Ante la fachada pintada de verde del negocio de Stolemore, los labios de Tristan se curvaron. Nadie que hubiera visto ese gesto lo habría definido como una sonrisa. Vio su reflejo en el cristal de la puerta cuando alargó el brazo hacia el pomo, y cuando lo giró, adoptó una expresión más tranquilizadora. Sin duda, Stolemore satisfaría su curiosidad.
La campanilla de la puerta sonó.
Tristan entró. La rotunda figura de Stolemore no se hallaba tras su escritorio. El pequeño despacho estaba vacío. Había otra entrada frente a la principal, oculta por una cortina, que daba a la diminuta casa de la cual el despacho era la sala de estar.
Tristan cerró la puerta y esperó, pero no se oyeron pasos apagados, ni tampoco los pesados andares del corpulento agente.
– ¿Stolemore? -Su voz resonó, mucho más fuerte que la campanilla. Volvió a esperar. Pasó un minuto y aún no se oyó ningún ruido.
Nada.
