
Tenía una cita, una a la que Stolemore no habría faltado. Llevaba el cheque del pago final de la casa en el bolsillo y, por el modo en que se había negociado la venta, Tristan sabía que la comisión del agente salía de ese último pago.
Con las manos en los bolsillos del abrigo, se quedó quieto, de espaldas a la puerta y con la mirada fija en la fina cortina que tenía delante.
Estaba claro que algo no iba bien.
Tristan centró toda su atención en la entrada oculta y luego avanzó hacia la cortina, despacio, en absoluto silencio. Levantó un brazo y la descorrió bruscamente al tiempo que atravesaba el umbral.
El tintineo de los aros de la cortina se apagó.
Un estrecho pasillo en penumbra se extendía ante él. Tristan se mantuvo con la espalda pegada a la pared. Unos pasos más allá, llegó a una escalera tan estrecha que se preguntó cómo podía Stolemore subir por ella. Vaciló, pero al no oír ningún ruido que llegara del piso de arriba ni percibir ninguna presencia, continuó por el pasillo.
Éste acababa en una diminuta cocina adosada a la parte posterior de la casa.
Una figura estaba tendida en el suelo al otro extremo de la desvencijada mesa que ocupaba la mayor parte del espacio. Por lo demás, la estancia estaba desierta.
Se trataba de Stolemore. Había sido salvajemente golpeado.
En la casa no había nadie más. Tristan estaba lo bastante seguro como para prescindir de la cautela. Por el aspecto de los moretones en el rostro del agente lo habían atacado hacía algunas horas.
Había una silla volcada. Tristan la puso bien mientras rodeaba la mesa, luego hincó una rodilla y se agachó junto a Stolemore. Un breve examen le confirmó que estaba vivo pero inconsciente. Parecía que hubiese intentado acercarse a la bomba de agua que había al fondo de la pequeña cocina. Tristan se levantó, buscó un cuenco, lo colocó debajo del caño y le dio a la bomba. Del bolsillo del abrigo del agente, pulcramente vestido, sobresalía un gran pañuelo, lo cogió y lo usó para mojarle la cara.
