
El hombre se movió, luego abrió los ojos.
Su gran cuerpo se tensó y el pánico destelló en sus ojos. Cuando enfocó la mirada, reconoció a Tristan.
– Oh. ¡Ah! -Hizo una mueca de dolor y luego se esforzó por incorporarse.
Tristan lo cogió del brazo y lo levantó.
– No intente hablar aún. -Lo ayudó a sentarse en una silla-. ¿Tiene brandy?
Stolemore señaló un armario. Él lo abrió, encontró la botella y un vaso y sirvió una generosa cantidad. Empujó el vaso hacia el hombre, volvió a cerrar la botella y la dejó sobre la mesa, delante del agente.
Luego, deslizó las manos dentro de los bolsillos del abrigo y se apoyó en el estrecho banco mientras le daba a Stolemore un minuto para recuperarse.
Pero sólo un minuto.
– ¿Quién ha sido?
El hombre lo miró a través de un ojo medio cerrado. El otro lo tenía completamente oculto bajo la hinchazón. Bebió otro sorbo de brandy y murmuró:
– Me he caído por la escalera.
– Se ha caído por la escalera, ha chocado contra una puerta, se ha dado con la cabeza en la mesa… Ya veo.
Stolemore alzó la mirada hacia él fugazmente, luego volvió a bajarla al vaso y la mantuvo allí.
– Ha sido un accidente.
Tristan dejó que pasara un momento, luego dijo en voz baja:
– Si usted lo dice.
Ante la estremecedora nota de amenaza en su voz, el agente lo miró al tiempo que abría la boca. Ahora tenía el ojo totalmente abierto y empezó a hablar atropelladamente:
– No puedo decirle nada… Estoy obligado a mantener la confidencialidad. No les afecta a ustedes en absoluto. Se lo juro.
Tristan interpretó lo que pudo de su expresión, algo difícil, debido a la inflamación y los moretones.
– Entiendo. -Quienquiera que le hubiera pegado al hombre era un principiante; él o, de hecho, cualquiera de sus ex colegas, podrían haber infligido daños mucho mayores y, sin embargo, haber dejado muchas menos marcas.
