– Sí, pero…

– Y quizá quedarse a pasar la noche -dijo Jake, que odiaba dejar a Angus solo.

El conde se negaba a aceptar los servicios de una enfermera, pero dado el estado de sus pulmones, dejarlo solo parecía criminal. Si podía convencer a aquellas dos mujeres de que se quedaran a pasar la noche, aun si lo que querían era su dinero…

– Os lo presentaré.

– ¿Cómo? ¿Ahora?

– Sí, ahora. Si me prometen que se van a quedar a pasar la noche, se lo presentaré.

– No nos podemos quedar a pasar la noche.

– ¿Por qué no?

– Bueno… -Kirsty lo miró, asombrada-. No estamos invitadas.

– Yo las estoy invitando. En este momento, Angus necesita a su familia más de lo que nunca ha necesitado a nadie. Mañana va a ser trasladado a una residencia de ancianos, pero ahora mismo necesita ayuda. Tiene fibrosis pulmonar, su capacidad pulmonar está muy disminuida, y me preocupa que sufra un colapso y no sea capaz de solicitar ayuda. Supongo que ninguna de ustedes es enfermera, ¿verdad?

– ¿Por qué? -Preguntó ella, mirándolo a los ojos.

– Ya se lo he dicho -Jake suspiró y miró de nuevo su reloj-. Está enfermo. Necesita ayuda. Si quieren verlo… ¿están dispuestas a ayudar? Si alguna de ustedes es enfermera…

– Ninguna somos enfermera. Susie es paisajista.

– Maldita sea -dijo él comenzando a darse la vuelta.

– Pero yo soy médico.

Hubo una gran pausa. Jake se dio la vuelta y la miró.

– Me está tomando el pelo -dijo él por fin-. ¿Médico de personas?

– Médico de personas.

– ¿Sabe algo sobre la capacidad pulmonar?

– Sí, hemos oído algo sobre pulmones en América -espetó ella, perdiendo los nervios-. El último barco que llegó a puerto trajo algunas fotografías en color. La última opinión médica en Manhattan es que se cree que los pulmones están en algún lugar entre el cuello y la ingle. A no ser que nos hayamos equivocado. ¿Es diferente en Australia?



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