
– Realmente le importa -dijo ella.
En aquel momento recordaron que habían dejado pendiente el asunto de la tortilla de Susie.
– Puedo prepararla -murmuró Kirsty mientras él la guiaba a la agradable cocina del castillo-. Ya me puedo ocupar yo sola, doctor Cameron. Estaré bien.
– Llámame Jake.
Boris les había seguido a la cocina y, junto con su dueño, estaba inspeccionando la nevera.
– Si le llevas una tortilla a tu hermana, ¿se la comerá? -Quiso saber Jake.
– Hum… no.
– Lo sabía. Yo se la llevaré.
– Pero tienes que atender más visitas a domicilio.
– Las chicas ya estarán dormidas -dijo él entre dientes-. Así que no me importa quedarme.
– ¿Tu esposa se acuesta pronto? -Peguntó Kirsty.
Jake la miró como si fuera estúpida.
– Olvídalo -dijo-. Tú las tostadas y yo la tortilla -entonces sonrió a un esperanzado Boris-. Y tú… ¡siéntate!
– Una justa repartición.
– Hablando de reparticiones… ¿tú no querrás una asociación médica? -Preguntó él.
– Ni siquiera me conoces -dijo ella, asustada.
– Te conozco lo suficiente como para ofrecerte un trabajo.
– No puedes estar tan desesperado como para ofrecerle a una extraña americana una asociación médica.
– Yo siempre estoy desesperado -dijo, comenzando a preparar la tortilla.
Kirsty lo miró de reojo y decidió callarse.
Durante un momento ambos estuvieron en silencio; ambos estaban pensando.
– ¿Dónde esperas que Susie dé a luz? -Preguntó finalmente Jake, enfadado.
– En Sidney -dijo ella-. La hemos inscrito en el Sidney Central.
– Quieres decir que lo has pensado.
– No soy tonta.
– Has arrastrado a una mujer herida, embarazada y anoréxica por medio mundo…
– Ya te lo he dicho. No me quedaba otra opción. Mi hermana se moría mientras yo observaba. Susie es mi gemela y yo la quiero; no iba a dejar que eso ocurriera.
