
– Pero… Angus todavía es conde -había susurrado Susie, aturdida por aquello.
– Parece un poco ridículo, ¿verdad? A él no le gusta que se le llame así. Dice que «Angus» es suficiente para él. Pero entre nosotros nos gusta llamarle lord Angus, o lord Douglas cuando hablamos formalmente. Lo que Deirdre y él hicieron por nuestro pueblo… es muy prolijo de contar. Esperad a ver su casa. Nosotros, de broma, lo llamamos el castillo de Loganaich. ¿Necesitan encontrarlo? Les dibujaré un mapa.
Susie casi había regresado a casa y, en aquel momento, sentada en el coche frente al castillo, miró a su hermana gemela con los ojos más sombríos que nunca.
– Kirsty, ¿qué estamos haciendo aquí? Regresemos a América. Ha sido una tontería venir.
– Hemos llegado muy lejos, y sabes que no podemos regresar a América en este momento. Ninguna compañía aérea te permitiría volar hasta que no nazca el bebé. Vamos a buscar un lugar donde pasar la noche y volvamos por la mañana.
– Volvamos a Sidney por la mañana.
– Susie, no. No puedes perder todo vínculo con Rory.
– Ya lo he hecho. Y oíste a la encargada de la oficina de correos; Rory había perdido cualquier vínculo con su tío.
– Rory hablaba con cariño de Angus y de su tía. La mujer de correos dijo que Angus se quedó destrozado al enterarse de que Rory había muerto. Tienes que verlo.
– No.
– Susie, por favor.
– Las puertas se están abriendo de nuevo -dijo Susie sin inmutarse-. Alguien está saliendo. Tenemos que marcharnos.
