
– Tendré al hombre que amo y a una niña encantadora -se recordó en voz alta. Estoy trabajando en ello.
– ¿Y el fantasma de su primera mujer, por ejemplo? Siempre se interpondrá entre vosotros -al no responder nada Jane, Laine siguió presionando-. ¿No era una belleza? ¿No era una auténtica rosa inglesa?
Jane, sin embargo era celta de la cabeza a los pies, cabello negro, ojos castaño oscuro, y un metro sesenta y siete con tacones.
– Supongo que tendré que sacar las tijeras de podar -bromeó Jane. Su amiga no sonrió.
– En fin, si es lo que quieres, Greg y yo seremos los testigos. ¿Es lo que quieres?
– Lo quiero, Laine. Y quiero ser necesaria para él y para la niña.
– No te infravalores. Tú vales más que eso.
– Esta mañana a las diez nada estaba más lejos que el matrimonio de la cabeza de Mark, y a las once él mismo había puesto la fecha -Jane alzó una ceja y sonrió con inocencia-. ¿Crees que me infravaloro?
Laine se quedó mirando a su amiga un momento y repentinamente rompió a reír.
– ¿Entonces por qué estamos tomando té, y no champán? -dijo mientras iba al frigorífico a sacar una botella. Parece que lo tienes todo pensado.
– Hasta el mínimo detalle. Mi madre estará encantada de colocar a su hija pequeña, y mi padre con tal de no tener que tomar parte en la organización agradecerá no haberse enterado.
– Vamos, estás exagerando -Laine frunció el ceño-. Tus padres no son así.
– Oh, en cualquier caso ya será demasiado tarde -sonrió Jane-, Aunque sí tengo un problema. ¿Qué voy a ponerme el martes?
– Algo elegante.
– Pero sencillo -Jane no quería aparecer en el juzgado con nada parecido a un vestido de novia. Pero aunque solo hubiera un par de testigos, quería que fuera una boda de verdad. Aunque la ceremonia fuese poco más que una formalidad, el martes iban a unirse en matrimonio. Mark iba a tomarla como esposa, y pensase lo que pensase el resto del mundo, Jane quería que él lo tuviera muy claro.
