
– Siento que hayas tenido que venir, Mark -dijo Jane cuando salían del registro-. Me dijeron que tenías que firmar los papeles personalmente.
Al salir de la oficina por la mañana Mark le había pedido que empezase a tutearlo, y aunque le había resultado extraño las primeras veces, se estaba acostumbrando rápidamente.
– No pasa nada. De todas formas teníamos que salir. En los bancos quieren tu firma para las cuentas, la tuya personal, la de la casa…
– Oh.
– Como vas a dejar de trabajar, había pensado darte una asignación equivalente a tu sueldo. Pero si necesitas más…
– No, no -negó vigorosamente Jane mientras se clavaba las uñas en las palmas de las manos. No había pensado que él le siguiera pagando un sueldo, pero así era como él la veía, y no debía olvidarlo.
– Y necesitas un anillo.
Jane sintió que el corazón se le salía del pecho.
– Un anillo -repitió. Con el aire distante que había tenido toda la mañana, oírle pronunciar aquella palabra era maravilloso.
– Podemos ir a comprarlo ahora.
El joyero los felicitó calurosamente cuando le pidieron una alianza. Jane le dio las gracias y observó que Mark parecía levemente desconcertado.
– ¿Qué buscaban? ¿Algo clásico en oro? Ahora el platino se lleva mucho…
Para Jane un anillo de boda no debía estar sujeto a las modas. Debía ser algo sencillo y clásico. Levantó la vista y sonrió al joyero.
– Lo quiero de oro, sin adornos, no demasiado ancho.
Pusieron ante ella una variada selección de anillos y no tardó en elegir.
– Este -dijo, sosteniendo entre los dedos un anillo que una mujer podía llevar siempre. Algo cohibida se lo puso y se lo mostró a Mark.
