– Préstame una moneda y déjame -dijo Eddy.

Sam le tendió un cuarto de penique y se echó atrás.

Eddy levantó la maza como si se tratase de un simple martillo y, sin mayor esfuerzo, lo dejó caer de nuevo sobre el resorte. La bola de fundición saltó e hizo tintinear la campana. El feriante le entregó su premio.

– Éste es para mí -explicó Eddy-; dame otra moneda, voy a intentar ganar uno para ti.

Un minuto más tarde, los dos compinches encendieron sus puros. Eddy estaba encantado, Sam hacía cuentas en voz baja. A ese precio, habría podido permitirse un paquete de cigarrillos. Veinte Embassy frente a un triste puro le dio que pensar.

Los chicos vieron los coches de choque, intercambiaron una mirada y se encontraron casi de inmediato sentados en ellos. Los tres daban volantazos y aplastaban el pedal del acelerador para golpear a los demás lo más fuerte posible ante las miradas consternadas de las chicas. Cuando se les acabó el turno, tomaron por asalto la caseta de tiro al blanco. Anton era el más hábil con diferencia. Por haber puesto cinco perdigones en la diana, se llevó una tetera de porcelana, que le regaló a Alice.

Carol, al margen del grupo, observaba el carrusel, donde los caballitos daban vueltas bajo las guirnaldas de luces. Anton se acercó a ella y la cogió del brazo.

– Lo sé, es una chiquillada -suspiró Carol-, pero si te dijera que nunca he dado…

– ¿No te montaste nunca en un tiovivo cuando eras pequeña? -preguntó Anton.

– Crecí en el campo, en mi pueblo no paraba ninguna feria. Y, cuando vine a Londres a estudiar enfermería, se me había pasado la edad, y luego vino la guerra y…

– Y ahora te gustaría darte una vuelta… Entonces, sígueme -dijo Anton arrastrándola hacia la caseta donde se compraban los billetes-, te regalo tu bautizo de caballitos. Toma, móntate en ése -dijo señalando una montura de crines doradas-, los demás me parecen más inquietos y, la primera vez, más vale ser prudente.



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