Alice se mantenía un poco al margen del grupo para evitar el olor a frito, demasiado intenso para su gusto. Carol se unió a ella, y ambas se quedaron un momento sin decir nada, con la mirada puesta en alta mar.

– Deberías tener cuidado con Anton -murmuró Carol.

– ¿Por qué? ¿Está enfermo? -preguntó Alice.

– ¡De amor por ti! No hace falta ser enfermera para darse cuenta. Pásate un día por el hospital, haré que te examinen la vista; has tenido que volverte muy miope para no darte cuenta.

– Eso es una tontería, nos conocemos desde la adolescencia, no hay nada entre nosotros más que una larga amistad.

– Sólo te pido que tengas cuidado con él -la interrumpió Carol-. Si sientes algo por él, es inútil andarse con rodeos. Todos estaríamos muy contentos de saber que estáis juntos, os lo merecéis. En caso contrario, no seas tan poco clara con él, lo haces sufrir para nada.

Alice se cambió de sitio para darle la espalda al grupo y ponerse frente a Carol.

– ¿En qué soy poco clara?

– Al fingir que ignoras que me he encaprichado con él, por ejemplo -respondió Carol.

Dos gaviotas se deleitaron con los restos de pescado y patatas que Carol había lanzado al mar. Tiró su bandeja en una papelera y fue a reunirse con los chicos.

– ¿Te quedas vigilando el reflujo de la marea o vienes con nosotros? -le preguntó Sam a Alice-. Vamos a dar una vuelta por la feria, he visto una máquina en la que se puede ganar un puro de un mazazo -añadió remangándose la camisa.

Alimentaron el aparato a razón de un cuarto de penique por intento. El resorte, en el que había que golpear lo más fuerte posible, lanzaba por los aires una bola de fundición; si ésta hacía tintinear la campana situada a siete pies de altura, te llevabas un puro a la boca. Aunque estaba lejos de ser un habano, a Sam le parecía que era de una tremenda elegancia. Lo intentó ocho veces y se dejó dos peniques, probablemente el doble de lo que habría desembolsado por comprar un puro igual de malo al vendedor de tabaco, que estaba a pocos pasos de allí.



9 из 245