– ¿No vienes conmigo? -le preguntó Carol.

– Ah, no, eso no es para mí, me mareo sólo con mirarlos. Pero te prometo que haré un esfuerzo y no te quitaré ojo de encima.

Sonó un timbre, Anton bajó del estrado. El carrusel cogió velocidad.

Sam, Alice y Eddy se acercaron para observar a Carol, la única adulta en medio de una retahíla de niños que se burlaban de ella y la señalaban con el dedo. En la segunda vuelta, corrían lágrimas por sus mejillas, y se las secaba como podía con el dorso de la mano.

– ¡Muy agudo! -le dijo Alice a Anton, dándole un golpe en el hombro.

– Creía que hacía bien, no entiendo lo que le ocurre, es lo que quería…

– Quería dar un paseo a caballo contigo, idiota, y no ponerse en ridículo en público.

– ¡Que Anton está diciendo que tenía buena intención! -replicó Sam.

– A poco caballeros que fuerais, iríais a buscarla en lugar de quedaros ahí plantados.

En el tiempo en que se miraban el uno al otro, Eddy ya se había subido al carrusel y remontaba la fila de los caballitos, repartiendo por aquí y por allí una torta a los chavales que se reían con demasiada insolencia para su gusto. El tiovivo proseguía con sus giros infernales, y Eddy llegó por fin a la altura de Carol.

– Necesita un palafrenero, ¿no es así, señorita? -dijo, poniendo la mano sobre las crines del caballito.

– Te lo ruego, Eddy, ayúdame a bajar.

Pero Eddy se acomodó a horcajadas en la grupa del caballito y estrechó a la jinete entre sus brazos. Le susurró al oído:

– ¡Que te crees tú que vamos a dejar a esos mocosos librarse así como así! Vamos a divertirnos tanto que van a morirse de envidia. No te subestimes, amiga, acuérdate de que, mientras yo soplaba en los bares, tú llevabas camillas bajo las bombas. La próxima vez que pasemos delante de los idiotas de nuestros amigos, quiero oír cómo te ríes a carcajadas, ¿me has entendido?



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