– ¿Y cómo quieres que lo consiga, Eddy? -preguntó Carol entre hipidos.

– Si crees que estás ridícula en este jamelgo entre estos críos, piensa que yo estoy detrás de ti con mi puro y mi gorra.

Así que, en la siguiente vuelta, Eddy y Carol reían a mandíbula batiente.

El tiovivo se ralentizó y se detuvo.


Para hacerse perdonar, Anton invitó a una ronda de cerveza en el puesto de bebidas, un poco más lejos. Los altavoces chirriaron y, de repente, un foxtrot endiablado se adueñó de la crujía. Alice miró el cartel pegado en un poste: Harry Groombridge y su orquesta acompañaban una comedia musical en el antiguo gran teatro de la escollera, transformado en café después de la guerra.

– ¿Vamos? -propuso Alice.

– ¿Qué nos lo impide? -inquirió Eddy.

– Perderíamos el último tren y, en esta época, no me veo durmiendo en la playa -respondió Sam.

– No estés tan seguro -replicó Carol-. Cuando termine el espectáculo, tendremos una media hora larga para llegar a pie a la estación. Es verdad que empieza a hacer muchísimo frío, no estaría en contra de entrar un poco en calor bailando. Y, además, justo antes de Navidad sería un recuerdo precioso, ¿no creéis?

Los chicos no tenían una propuesta mejor. Sam hizo un cálculo rápido: la entrada costaba dos peniques; si daban media vuelta y se marchaban, sus amigos probablemente querrían ir a cenar a un bar, así que era más económico optar por el espectáculo.

La sala estaba abarrotada, los espectadores se apretujaban delante del escenario, casi todos bailaban. Anton arrastró a Alice y lanzó a Eddy a los brazos de Carol; Sam se burló de las dos parejas y se alejó de la pista.

Como había presentido Anton, el día había pasado demasiado de prisa. Cuando la compañía fue a saludar al auditorio, Carol les hizo una señal a sus amigos: era el momento de volver por donde habían venido. Se dirigieron hacia la salida.



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