Los farolillos bamboleados por la brisa le daban a la inmensa escollera, en esa noche de invierno, el aspecto de un extraño paquebote que iluminaba con sus luces un mar por el que nunca navegaría.

Cuando la pandilla de amigos avanzaba hacia la salida, una adivina le dedicó una gran sonrisa a Alice desde su quiosco.

– ¿Nunca has fantaseado con saber lo que te depara el porvenir? -le preguntó Anton.

– No, nunca. No creo que el futuro esté escrito -respondió Alice.

– Al empezar la guerra, una vidente le dijo a mi hermano que sobreviviría, siempre y cuando se mudase de casa -dijo Carol-. Había olvidado hacía mucho esa profecía cuando se incorporó a su unidad; dos semanas más tarde, el edificio en el que vivía se desplomó bajo las bombas alemanas. No se libró ninguno de sus vecinos.

– ¡Menuda vidente! -respondió secamente Alice.

– Nadie sabía entonces que Londres soportaría el Blitz

– ¿Quieres ir a consultar al oráculo? -preguntó Anton en tono burlón.

– No seas idiota, tenemos un tren que coger.

– Todavía faltan, como poco, tres cuartos de hora; el espectáculo ha terminado antes de lo previsto. Tenemos tiempo. Ve, ¡te invito!

– No tengo ningunas ganas de ir a escuchar los camelos de esa vieja.

– Deja a Alice tranquila -intervino Sam-, ¿no ves que le da canguelo?

– Vaya tres, me estáis empezando a enfadar, no tengo miedo, no creo ni en cartománticas ni en bolas de cristal. Y, además, ¿por qué os interesa conocer mi futuro?

– A lo mejor es que alguno de estos caballeros sueña en secreto con saber si acabarás metida en su cama… -sugirió Carol.

Anton y Eddy se volvieron estupefactos. Carol se había sonrojado y, para mantener el tipo, les dirigió una sonrisita sarcástica.



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