– Podrías preguntarle si vamos a perder o no nuestro tren, eso por lo menos sería una revelación interesante -añadió Sam-, y además podríamos comprobarlo rápidamente.

– Bromead tanto como queráis, yo creo en ello -continuó Anton-. Si tú vas, Alice, yo voy después.

– ¿Sabéis que a veces os ponéis muy estúpidos? -dijo, abriéndose paso.

– ¡Cobardica! -soltó Sam.

Alice se volvió bruscamente.

– Bueno, ya que me las veo con cuatro tontitos que quieren perder el tren, voy a ir a escuchar las necedades de esa mujer y luego nos volvemos. ¿Estáis contentos? -preguntó tendiendo la mano hacia Anton-. ¿Me das esos dos peniques o qué?

Anton rebuscó en el bolsillo y le dio las dos monedas a Alice, quien se dirigió hacia la adivina.

Alice avanzó hacia el quiosco; la vidente seguía sonriéndole. La brisa marina arreció, arañándole las mejillas y obligándola a bajar la cabeza, como si de repente alguien le hubiese prohibido sostenerle la mirada a la anciana señora. Sam tal vez tenía razón, la perspectiva de esa experiencia le molestaba más de lo que había supuesto.

La vidente le rogó a Alice que tomase asiento en un taburete. Sus ojos eran inmensos, su mirada de una profundidad abismal, y la sonrisa, que no la abandonaba nunca, cautivadora. No había ni bola de cristal ni cartas del tarot en su velador, sólo sus alargadas manos moteadas de marrón, que tendía hacia Alice. Cuando las tocó, Alice sintió que se adueñaba de ella un extraño sosiego, un bienestar que no había sentido desde hacía mucho tiempo.

– Tu rostro, hija mía, lo he visto antes -silbó la vidente.

– ¡Me ha visto al pasar!

– No crees es mis dones, ¿verdad?

– Soy racional por naturaleza -respondió Alice.

– Mientes, eres una artista, una mujer autónoma y decidida, aunque es cierto que el miedo te frena.

– Pero ¿qué le ha dado hoy a todo el mundo con que tengo miedo?

– No parecías tranquila cuando venías hacia mí.



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