
La mirada de la vidente se clavó más en la de Alice. Su rostro estaba ahora muy cerca del suyo.
– Pero ¿dónde me he cruzado antes con esa mirada?
– ¿En otra vida, tal vez? -respondió Alice en tono irónico.
La vidente, confusa, se irguió repentinamente.
– Ámbar, vainilla y cuero -susurró Alice.
– ¿De qué hablas?
– De su perfume, de su pasión por Oriente. Yo también percibo algunas cosas -dijo Alice aún con más insolencia.
– Tienes un don, en efecto, pero hay algo más importante todavía: llevas en ti una historia sobre la que lo ignoras todo -respondió la anciana.
– Esa sonrisa que no la abandona nunca -replicó Alice burlona-, ¿es para darles mayor confianza a sus presas?
– Sé por qué has venido a verme -dijo la vidente-, es divertido si una lo piensa.
– ¿Ha oído cómo me retaban mis amigos?
– No eres de la clase de gente que acepta un reto fácilmente, y tus amigos no tienen nada que ver con nuestro encuentro.
– ¿Quién entonces?
– La soledad que te persigue y te tiene en vela toda la noche.
– No veo nada divertido en todo esto. Dígame algo que me sorprenda de verdad; no es que su compañía no sea agradable, pero, bromas aparte, de verdad, no puedo dejar que se me escape el tren.
– No, de hecho, es más bien triste. Lo que es divertido, por el contrario, es que…
Su mirada se apartó de Alice para perderse a lo lejos. Alice tuvo casi una sensación de abandono.
– ¿Va a decirme algo? -preguntó Alice.
– Lo que es divertido de verdad -continuó la vidente al volver en sí- es que el hombre más importante de tu vida, el que buscas desde siempre sin saber ni siquiera que existe, ese hombre acaba de pasar hace apenas unos segundos detrás de ti.
El rostro de Alice se quedó petrificado y no pudo resistir las ganas de volverse. Dio la vuelta en su taburete para ver a lo lejos a sus cuatro amigos, que le hacían señas de que había que irse.
