– ¿Es uno de ellos? -balbuceó Alice-. ¿Ese hombre misterioso será Eddy, Sam o Anton? ¿Ésa es su gran revelación?

– Escucha lo que te digo, Alice, y no lo que deseas oír. Te he confiado que el hombre que más te importará en la vida acaba de pasar por detrás de ti. Ahora ya no está ahí.

– Y ese príncipe azul al que conoceré en el futuro, ¿dónde se encuentra ahora?

– Paciencia, hija mía. Tendrás que conocer a seis personas antes de llegar hasta él.

– Bonito negocio, seis personas, ¿nada más?

– Sobre todo, bonito viaje… Un día lo entenderás, pero es tarde, y te he revelado lo que tenías que saber. Y dado que no te crees ni una palabra de lo que acabo de decirte, mi consulta es gratuita.

– No, prefiero pagarle.

– No seas tonta, digamos que este rato que hemos pasado juntas es una visita amistosa. Estoy contenta de haberte visto, Alice, no me lo esperaba. Eres alguien singular; bueno, lo es tu historia.

– Pero ¿qué historia?

– Ya no tenemos tiempo, y además todavía te la creerías menos. Vete, o tus amigos te van a odiar por haberles hecho perder su tren. Daos prisa, y sed prudentes, va a haber un accidente en seguida. No me mires así, lo que acabo de decirte no tiene nada que ver con la videncia, sino con el sentido común.

La vidente le ordenó a Alice que la dejara. Alice la miró unos segundos, ambas mujeres intercambiaron una última sonrisa y Alice se reunió con sus amigos.

– ¡Vaya cara que tienes! ¿Qué es lo que te ha dicho? -preguntó Anton.

– Luego, ¡habéis visto qué hora es!

Y, sin esperar una respuesta, Alice se lanzó hacia el pórtico que había a la entrada de la escollera.

– Tiene razón -dijo Sam-, hay que darse mucha prisa, el tren sale dentro de menos de veinte minutos.

Se pusieron todos a correr. Al viento que soplaba en la playa se le había sumado una fina lluvia. Eddy cogió a Carol del brazo.

– Ten cuidado, las calles están resbaladizas -dijo mientras la arrastraba en su carrera.



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