
Salieron del paseo y subieron por la calle, que estaba desierta. Las farolas de gas iluminaban débilmente la calzada. A lo lejos, se veían las luces de la estación de Brighton; les quedaban menos de diez minutos. Una carreta con un caballo apareció justo cuando Eddy cruzó la calle.
– ¡Cuidado! -gritó Anton.
Alice tuvo la serenidad necesaria para agarrar a Eddy de la manga. El coche casi los derriba, y sintieron el aliento del animal que el cochero trataba desesperadamente de detener.
– ¡Me has salvado la vida! -farfulló Eddy, conmocionado.
– Ya me lo agradecerás más tarde -respondió Alice-, démonos prisa.
Al llegar al andén, se pusieron a gritar en dirección al jefe de estación, que cogió su linterna y les ordenó que subiesen en el primer vagón. Los chicos ayudaron a las chicas a auparse. Anton estaba todavía en el estribo cuando el tren se puso en marcha. Eddy lo agarró del hombro y tiró de él antes de cerrar la portezuela.
– Ha faltado un segundo -suspiró Carol-. Y tú, Eddy, menudo susto me has dado, de verdad; esa carreta casi te pasa por encima.
– Me parece que Alice ha tenido todavía más miedo que tú; miradla, se ha quedado blanca como una pared -dijo Eddy.
Alice ya no decía ni una palabra. Se instaló en el asiento y observó por el cristal cómo se alejaba la ciudad. Sumida en sus pensamientos, se acordó de la vidente, de las palabras que le había dicho, y, al recordar su advertencia, se puso todavía más pálida.
– Bueno, ¿nos lo cuentas? -soltó Anton-. Después de todo, hemos estado a punto de dormir al raso por tu culpa.
– Por culpa de vuestro estúpido reto -replicó secamente Alice.
– Habéis estado hablando un buen rato, ¿te ha dicho algo sorprendente, por lo menos? -preguntó Carol.
– Nada que no supiese ya. Os lo dije, la videncia es un engañabobos. Con unas buenas dotes de observación, un mínimo de intuición y algo de convicción en la voz, se puede engañar a cualquiera y hacerle creer lo que sea.
