– Pero todavía no nos has dicho lo que esa mujer te ha revelado -insistió Sam.

– Os propongo que cambiemos de tema de conversación -intervino Anton-. Hemos pasado un día fantástico, volvemos a casa, no veo ninguna razón para buscarle las cosquillas a nadie. Lo siento, Alice, no deberíamos haber insistido, no tenías ganas de ir y todos hemos sido un poco…

– Cretinos, y yo la primera -siguió Alice, mirando a Anton-. Ahora tengo una pregunta mucho más apasionante: ¿qué hacéis en Nochebuena?

Carol volvía a St Mawes, con su familia. Anton cenaba en la ciudad en casa de sus padres. Eddy le había prometido a su hermana que pasaría la noche en su casa; sus sobrinitos esperaban a Papá Noel, y su cuñado le había preguntado si quería representar el papel. Incluso había alquilado un disfraz. Era difícil escaquearse cuando su cuñado lo sacaba de apuros tan a menudo sin decirle nada a su hermana. En cuanto a Sam, su jefe lo había invitado a una fiesta a beneficio de los niños del orfanato de Westminster y tenía como misión repartir los regalos.

– ¿Y tú, Alice? -preguntó Anton.

– Pues… también me han invitado a una fiesta.

– ¿Dónde? -insistió Anton.

Entonces, Carol le dio un puntapié en la tibia. Sacó un paquete de galletas de dentro de su bolso diciendo que tenía una hambre canina. Les ofreció un Kit Kat a cada uno y después le lanzó una mirada fulminante a Anton, que se frotaba la pantorrilla indignado.

El tren entró en Victoria Station. El humo acre de la locomotora invadía el andén. Al pie de las grandes escaleras, el olor de la calle no era más agradable. Una niebla densa había tomado al barrio como prisionero, partículas de carbón que se consumían a lo largo del día en las chimeneas de las casas, partículas que flotaban alrededor de los faroles, cuyas bombillas de tungsteno esparcían una triste luz anaranjada en la bruma.



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