Los cinco camaradas acecharon la llegada del tranvía. Alice y Carol fueron las primeras en bajarse, vivían a tres calles la una de la otra.

– Por cierto -dijo Carol al despedirse de Alice en la puerta de su edificio-, si cambias de opinión y renuncias a tu fiesta, podrías venirte a pasar la Navidad a St Mawes; mamá está loca por conocerte. Le hablo a menudo de ti en mis cartas y tu oficio la intriga mucho.

– ¿Sabes una cosa? No sé muy bien cómo hablar de mi oficio -le dijo Alice a Carol después de agradecerle la invitación.

A continuación, le dio un beso a su amiga y desapareció por el hueco de la escalera.

En ese momento oyó encima los pasos de su vecino, que volvía a su casa. Se detuvo para no cruzárselo en el rellano, no estaba de humor para discutir.


*

Hacía casi tanto frío en su apartamento como en las calles de Londres. Alice se quedó con el abrigo sobre los hombros y los mitones en las manos. Llenó el hervidor, lo dejó sobre el hornillo, cogió un tarro de té de la estantería de madera y no encontró más que tres briznas olvidadas. Se dirigió a la mesa de su taller y abrió el cajón de un joyerito que contenía pétalos de rosas secos. Desmenuzó unos pocos en la tetera y vertió el agua hirviente, se puso cómoda en su cama y retomó el libro que había dejado en la víspera.

De repente, la habitación quedó sumida en la oscuridad.

Alice se encaramó a su cama y miró por el lucernario. El barrio estaba por completo a oscuras. Los cortes de corriente, frecuentes, duraban al menos hasta el amanecer. Alice se puso a buscar una vela; al lado del lavabo, un pequeño montículo de cera marrón le recordó que había utilizado la última la semana anterior.

Trató en vano de volver a encender la corta mecha; la llama vaciló, crepitó y acabó apagándose.

Aquella noche, Alice quería escribir, poner sobre el papel unas notas de agua salada, de madera de viejos tiovivos, de barandillas corroídas por las salpicaduras. Aquella noche, sumida en la noche cerrada, Alice no conciliaría el sueño. Se acercó a la puerta, dudó y, suspirando, se resignó a cruzar el rellano para pedirle una vez más ayuda a su vecino.



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