Rafael se arrodilló ante la estufa de fundición, abrió la pantalla y sopló sobre las ascuas.

La casa de Rafael era tan humilde como su vida. Cuatro paredes, una única habitación, una techumbre rudimentaria, un suelo gastado, una cama, una pila dominada por un viejo grifo del que corría el agua a temperatura ambiente: glacial en invierno y tibia en verano, cuando habría hecho falta lo contrario. Una sola ventana, aunque daba al estrecho del Bósforo; desde la mesa a la que Alice estaba sentada se podían ver los grandes barcos meterse en el canal y, tras ellos, las orillas de Europa.

Alice bebió un sorbo del té que Rafael acababa de servirle y comenzó su relato.

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Londres, viernes 22 de diciembre de 1950


La tormenta golpeaba en el lucernario que había encima de la cama. Una insistente lluvia de invierno. Harían falta muchas más para limpiar la ciudad de las manchas de la guerra. No habían pasado más que cinco años desde el final de la contienda, y la mayor parte de los barrios conservaban aún las cicatrices de los bombardeos. La vida volvía a su curso, había racionamiento, menos que el año anterior, pero el suficiente como para añorar los días en que se podía comer hasta la saciedad y consumir carne que no fuera enlatada.

Alice estaba pasando la noche en su casa, en compañía de sus amigos. Sam, librero en Harrington & Sons y excelente contrabajo; Anton, carpintero y trompetista sin igual; Carol, enfermera recientemente desmovilizada y contratada de inmediato en el hospital de Chelsea, y Eddy, que se ganaba la vida un día sí y otro no cantando al pie de la escalera de Victoria Station o, cuando le dejaban, en los bares.

Fue él quien, durante la velada, sugirió ir de excursión al día siguiente a Brighton para celebrar la llegada de la Navidad. Las atracciones que se extendían a lo largo de la gran escollera habían vuelto a abrir, y, un sábado, la feria estaría en su apogeo.



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