Todos rebuscaron en sus bolsillos. Eddy había conseguido un poco de dinero en un bar de Notting Hill; a Anton, su jefe le había dado una pequeña gratificación por fin de año; Carol estaba sin blanca, pero nunca tenía dinero y sus viejos amigos estaban acostumbrados a pagárselo siempre todo; Sam le había vendido a una cliente norteamericana una edición original de Fin de viaje y una segunda edición de La señora Dalloway, por las que había cobrado en un día el sueldo de una semana. En cuanto a Alice, disponía de algunos ahorros, se merecía gastarlos, había trabajado todo el año como una burra y, de todas formas, habría encontrado cualquier excusa para pasar un sábado en compañía de sus amigos.

El vino que Anton había llevado sabía a corcho y tenía un regusto a vinagre, pero todos habían bebido lo bastante para ponerse a cantar a coro, un poco más alto a cada canción, hasta que el vecino de esa planta, el señor Daldry, llamó a la puerta.

Sam, el único que tuvo ánimo para ir a abrir, prometió que el ruido cesaría en el acto; además, ya era hora de que cada cual volviera a su casa. El señor Daldry había aceptado sus disculpas, no sin haber manifestado primero en un tono algo altivo que trataba de dormir y que apreciaría que su vecindario no se lo impidiese. La casa victoriana que compartían no estaba preparada para transformarse en un club de jazz, dijo, y oír sus conversaciones a través de las paredes era ya bastante desagradable. Y después volvió a su piso, justo enfrente.

Los amigos de Alice se habían puesto abrigos, bufandas y gorros, y habían quedado al día siguiente por la mañana a las diez en punto en Victoria Station, en el andén del tren de Brighton.

Sola ya, Alice puso un poco en orden la gran habitación, que, según el momento del día, servía de taller, de comedor, de salón o de dormitorio.



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