Transformaba su sofá en cama cuando se enderezó súbitamente para mirar la puerta de entrada. ¿Cómo había tenido su vecino la cara de ir a interrumpir una fiesta tan buena? ¿Y con qué derecho se había entrometido de esa forma en sus asuntos?

Agarró el chal que colgaba del perchero, se miró en el espejito de la entrada, volvió a dejar el chal, que la hacía parecer mayor, y se fue con paso decidido a golpear en la puerta de su quisquilloso vecino. Con los brazos en jarras, esperó a que abriese.

– Dígame que hay fuego y que con su histeria sólo pretende salvarme de las llamas -suspiró el señor Daldry afectadamente.

– Primero, las once de la noche de un viernes no son horas intempestivas, y, además, ¡yo aguanto sus escalas bastante a menudo, así que usted podría tolerar un poco de ruido, para una vez que tengo invitados!

– Usted invita a sus ruidosos camaradas todos los viernes, y tienen la lamentable costumbre de pasarse sistemáticamente con las copas, lo que no deja de tener un efecto sobre mi sueño. Y, para su información, no tengo piano alguno, las escalas de las que se queja deben de ser obra de otro vecino, quizá de la señora de abajo. Yo soy pintor, señorita, y no músico, y la pintura, que yo sepa, no hace ningún ruido. ¡Qué tranquila era esta vieja casa cuando yo era su único habitante!

– ¿Usted pinta? ¿Y qué pinta exactamente, señor Daldry? -preguntó Alice.

– Paisajes urbanos.

– Qué gracioso, no lo veía de pintor, me lo imaginaba…

– ¿Qué se imaginaba, señorita Pendelbury?

– Me llamo Alice, debe saber cuál es mi nombre, dado que no se le escapa ni una de mis conversaciones.

– No es culpa mía si las paredes que nos separan no son muy gruesas. Ahora que nos hemos presentado oficialmente, ¿puedo volver a acostarme o desea que sigamos aquí en el rellano manteniendo esta conversación?

Alice miró a su vecino unos segundos.

– ¿Por qué está tan mal de la cabeza? -preguntó la joven.



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